
BREVE PANORAMA DE LA LITERATURA INFANTIL
Amado Muñoz Cuchca
Desde tiempos inmemoriales, el hombre ha recurrido a la literatura para educar. A partir de aquellas distancias temporales, en torno al fuego que destellaba chispeante, se reunían los niños para oír relatos contados por los adultos, sobre los principales sucesos ocurridos en las jornadas diarias. Así nació la primera forma de enseñar a través del relato oral. Desde entonces el hombre ha buscado la mejor manera de educar a los suyos, recurriendo a estrategias y recursos diversos, desde la enseñanza directa, in situ, hasta la enseñanza metafórica.
Se cree que el cuento nació en la India, sin embargo lo que no nos cabe duda es que desde su aparición, tuvo una finalidad didáctica antes que estética. A partir de entonces, la humanidad se ha valido de la literatura para educar a los suyos. Desde los albores de la humanidad, la narración ha estado presente en su vida cotidiana. Dice Umberto Eco, novelista y semiólogo italiano, que desde siempre el hombre ha sentido la necesidad de narrar y escuchar historias, por una razón muy sencilla: el hecho de oír historias prolonga la vida. Y esa es una de las principales finalidades intrínsecas de la literatura, dejar sentada en una creación, las experiencias de un determinado momento, para las generaciones venideras. Una especie de retentiva social. Pienso – prosigue Eco- que antes que se empezara a cultivar esta forma de memoria social, los hombres nacían sin experiencia, sin embargo en la nueva época, en los tiempos de los primeros narradores, tras escuchar relatos para los jóvenes era como si hubiesen vivido cinco mil años[1]. La literatura nos hace copropietarios del presente, cómplices del pasado y soñadores del futuro.
Se cree que el cuento nació en la India, sin embargo lo que no nos cabe duda es que desde su aparición, tuvo una finalidad didáctica antes que estética. A partir de entonces, la humanidad se ha valido de la literatura para educar a los suyos. Desde los albores de la humanidad, la narración ha estado presente en su vida cotidiana. Dice Umberto Eco, novelista y semiólogo italiano, que desde siempre el hombre ha sentido la necesidad de narrar y escuchar historias, por una razón muy sencilla: el hecho de oír historias prolonga la vida. Y esa es una de las principales finalidades intrínsecas de la literatura, dejar sentada en una creación, las experiencias de un determinado momento, para las generaciones venideras. Una especie de retentiva social. Pienso – prosigue Eco- que antes que se empezara a cultivar esta forma de memoria social, los hombres nacían sin experiencia, sin embargo en la nueva época, en los tiempos de los primeros narradores, tras escuchar relatos para los jóvenes era como si hubiesen vivido cinco mil años[1]. La literatura nos hace copropietarios del presente, cómplices del pasado y soñadores del futuro.
La literatura infantil surgió primero por apropiación de la literatura pensada para adultos, luego la publicación intencional trajo el mercado editorial y junto con él la ficción instructiva; años más tarde se comenzó a aislar de ella, ese carácter didáctico primigenio, para centrarlo con más énfasis en su carácter ficcional y estético, pero moralizante. Este hecho permitió no solo la posibilidad de tener una literatura propia sino un ámbito para otorgarle a la niñez y por ende a la juventud, las posibilidades de un espacio físico y hasta psicológico particulares.
Gran parte de los cuentos clásicos, que hoy denominamos infantiles, nacieron pensando en un público adulto, por una sencilla razón: la infancia no era considerada como una etapa digna de miramiento por parte de la sociedad. Es en épocas recientes cuando el hombre comienza a darse cuenta de la importancia de la infancia como tal. La historia de la infancia, afirma De Mause[2], es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco. Cuanto más se retrocede en el pasado, más expuestos están los niños al olvido. Menos eficacia muestran los padres en la satisfacción de las necesidades de desarrollo del niño. El trato despiadado abarcaba desde el infanticidio, el abandono, la negligencia, los rigores de la envoltura en fajas, la inanición deliberada, las palizas, los encierros, etc. El niño que en épocas remotas fue concebido como un adulto pequeño, no gozaba de su propio espacio de aprendizaje, es lógico, entonces deducir que tampoco tenía un sitial ganado en la literatura. Comía lo que comían los adultos, vestía como vestían los adultos, trataba de pensar como los adultos, escuchaba la conversación de los adultos, aunque no participaba en ellas y digería los cuentos que narraban los adultos para los adultos.
La literatura es el arte que transmite mensajes recurriendo a la palabra bella, desde esta óptica, este arte implica al conjunto de producciones creadas: de una nación, de una época o de un género. En estas líneas se pretende esbozar un breve panorama de este género literario reciente: la literatura infantil.
En el Medioevo pocos adultos y niños tenían acceso a los libros y a la lectura: leer era un privilegio. En este contexto no existió una noción de la infancia como período característico que requiera obras específicas, por lo que no existe una literatura infantil específica.
Los pocos libros a los que el hombre medieval tenía acceso, estaban marcados por la exigencia de inculcar buenas costumbres y creencias religiosas. Sin embargo están presentes obras literarias, algunas de corte clásico, como las fábulas de Esopo en las que, al existir animales personificados, eran destinadas a los niños.
La invención de la imprenta puso en manos de los niños, libros que hasta ese momento solo se conocían por versiones orales.
Llegado el siglo XVII, el panorama comienza a cambiar lentamente y son cada vez más las obras que tratan sobre fantasía, como un fiel reflejo de los mitos, leyendas y cuentos, propios de la trasmisión oral. La niñez recibe esta propuesta de manera indirecta aún.
Es en la Edad Moderna cuando emerge en las sociedades occidentales la concepción de infancia o niñez y se generaliza recién a finales del siglo XIX.
Sin embargo, a partir del siglo XVIII, en el prólogo escrito por Jacob y Wilhelm Grimm, en el libro Cuentos de niños y del hogar publicado en 1811, se encuentra una síntesis del pensamiento maravilloso de la realidad y que constituyen la base no solo de su narrativa sin igual, sino de una literatura destinada intencionalmente a los niños. La literatura infantil ha ganado un espacio particular.
En la compilación que realizaron los hermanos Grimm se recoge una visión casi mágica de la realidad: personajes arropados de misterio y fantasía: príncipes encantados, enanos atroces, doncellas embrujadas, hadas generosas, brujas fieras, ogros devora niños, árboles que sienten, y una gama de animales personificados que encarnan la batalla entre el bien y el mal.
Siguiendo esta línea ficcional, fantástica y maravillosa, en Dinamarca Hans Christian Andersen (1805- 1875) retomó del folclore danés cientos de relatos de personajes comunes y corrientes de su entorno y propuso una suerte de literatura para niños. Dentro de algunos de sus centenares de cuentos sobresalen La Sirenita, El patito feo, El traje nuevo del emperador, El soldadito de plomo, El ruiseñor, El ave Fénix, entre otros.
La literatura es el arte que transmite mensajes recurriendo a la palabra bella, desde esta óptica, este arte implica al conjunto de producciones creadas: de una nación, de una época o de un género. En estas líneas se pretende esbozar un breve panorama de este género literario reciente: la literatura infantil.
En el Medioevo pocos adultos y niños tenían acceso a los libros y a la lectura: leer era un privilegio. En este contexto no existió una noción de la infancia como período característico que requiera obras específicas, por lo que no existe una literatura infantil específica.Los pocos libros a los que el hombre medieval tenía acceso, estaban marcados por la exigencia de inculcar buenas costumbres y creencias religiosas. Sin embargo están presentes obras literarias, algunas de corte clásico, como las fábulas de Esopo en las que, al existir animales personificados, eran destinadas a los niños.
La invención de la imprenta puso en manos de los niños, libros que hasta ese momento solo se conocían por versiones orales.
Llegado el siglo XVII, el panorama comienza a cambiar lentamente y son cada vez más las obras que tratan sobre fantasía, como un fiel reflejo de los mitos, leyendas y cuentos, propios de la trasmisión oral. La niñez recibe esta propuesta de manera indirecta aún.
Es en la Edad Moderna cuando emerge en las sociedades occidentales la concepción de infancia o niñez y se generaliza recién a finales del siglo XIX.
Sin embargo, a partir del siglo XVIII, en el prólogo escrito por Jacob y Wilhelm Grimm, en el libro Cuentos de niños y del hogar publicado en 1811, se encuentra una síntesis del pensamiento maravilloso de la realidad y que constituyen la base no solo de su narrativa sin igual, sino de una literatura destinada intencionalmente a los niños. La literatura infantil ha ganado un espacio particular.
En la compilación que realizaron los hermanos Grimm se recoge una visión casi mágica de la realidad: personajes arropados de misterio y fantasía: príncipes encantados, enanos atroces, doncellas embrujadas, hadas generosas, brujas fieras, ogros devora niños, árboles que sienten, y una gama de animales personificados que encarnan la batalla entre el bien y el mal.
Siguiendo esta línea ficcional, fantástica y maravillosa, en Dinamarca Hans Christian Andersen (1805- 1875) retomó del folclore danés cientos de relatos de personajes comunes y corrientes de su entorno y propuso una suerte de literatura para niños. Dentro de algunos de sus centenares de cuentos sobresalen La Sirenita, El patito feo, El traje nuevo del emperador, El soldadito de plomo, El ruiseñor, El ave Fénix, entre otros.
El francés Charles Perrault, a sus 55 años escribió Historias o cuentos del pasado, más conocido como Los cuentos de la mamá Gansa, producto de la recolección de narraciones orales profanas y piadosas. Leyendas como Roberto, el diablo, Genoveva de Brabante, Ricardo sin miedo, sientan las bases para su narrativa, cuyo producto literario, intencional o no, fueron cuentos para niños como: Piel de asno, La bella durmiente, Cenicienta, Caperucita Roja, Barba roja, El gato con botas, Pulgarcito, etc., relatos que se impusieron a los azotes del tiempo y llegaron hasta nuestros días con la misma intención con las que fueron escritas: entretener y aleccionar. Estos cuentos llevan encima las modificaciones que el tiempo exige, y tienen impresos entre líneas una estética particular que ha permitido que los niños de todos los tiempos, los conviertan en sus lecturas favoritas. Con estos cuentos maravillosos Perrault introdujo y consagró el mundo de las hadas en la literatura infantil.
Lo ficcional que discurre en los cuentos orales y se prolonga a los textos escritos permitido, desde entonces, que la presencia de lo maravilloso sea un tema recurrente en la literatura universal.
Por esas épocas, ocurren dos acontecimientos trascendentes para la que hoy se conoce como Literatura Infantil: Daniel Defoe, en Inglaterra publica Robinson Crusoe en 1719 que simboliza en el personaje la soledad de la vida humana en su ingenioso proceso hacia la civilización; Robinson, solitario, recorre todas las etapas de la humanidad, descubre el fuego, procesa su comida, se ingenia para pescar y cazar, construye una choza, etc. Igualmente, Jonathan Swif, publica en 1726 Los viajes de Guliver, en cuyo texto, el protagonista es también un naufrago que arriba a Lliliput, país increíble habitado por hombrecillos diminutos.
Ambos textos son claros ejemplos de lo que todavía hoy, son dos temas que reúne la literatura infantil y juvenil: los relatos de aventuras y el ingreso en mundos imaginados, inexplorados y disímiles.
Sin embargo, la literatura humorística y la fantasía alcanzan la cúspide en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll seudónimo de Charles Dodgson. La autora recurre a los juegos verbales, asociaciones de ideas, visiones convertidas en imágenes, monólogos interiores, etc., para crear ese mundo fascinante de realidad y fantasía que tuvo un eco positivo en la infancia de todos los tiempos.
Y así, la propuesta de un mundo fantástico, maravilloso, popular y festivo de los hermanos Grimm, permitió a James Mathew Barrie producir relatos como Peter Pan, y a Carlos Collodi Pinocho, que se consolidan como las obras más representativas para la infancia de todas las latitudes de nuestro planeta.
A partir de las décadas de los 70, 80 y 90, con autores como Roald Dahl, Gianni Rodari, Michael Ende, René Goscinny, Christine Nöstlinger, Laura Gallego García o Henriette Bichonnier entre otros, comienza en Boom de la literatura infantil. En esta propuesta reciente, se destaca una nueva visión que ofrece al lector infantil, abordar los temas clásicos como las aventuras o el descubrimiento de nuevos mundos, y la superación de los temores, la libertad, las aspiraciones, el mundo de los sueños y los deseos, como mecanismos necesarios para el crecimiento personal.
En el siglo XX, además, aparecen nuevos formatos de la literatura infantil y juvenil, debido al avance en las técnicas del diseño gráfico de los textos literarios, donde la palabra está acompañada de imágenes que refuerzan el relato y aportan nexos de unión a la historia: nace el libro-álbum o álbum ilustrado, género en el que destacan autores como Maurice Sendak, Janosch, Quentin o Fernando Puig Rosado.
En la narrativa peruana, existen numerosos testimonios de cuentistas en los que se plasman coherentemente las funciones que Vladimir Propp indicó como elementos que permiten estructurar la ficción de los cuentos de hadas. Entre los peruanos que han dedicado su narrativa a la literatura infantil: destacan Francisco Izquierdo Ríos, reconocido como el iniciador de los cuentos infantiles peruanos y Carlota Carvallo de Núñez, ambos de la generación del 45, quienes se dedicaron enteramente a producir literatura destinada para niños.
En la actualidad, entre los autores que escriben para niños, sobresalen: Óscar Colchado, con su ya clásica serie de aventuras andinas Cholito; Marcos Yauri Montero, con Aventuras del zorro, Carlota Flores de Naveda, con su extraordinario Muki, el torito; Sócrates Zuzunaga con su Negracha.
También sobresalen Roberto Rosario Vidal, Rosa Cerna Guardia, Magdalena Espinoza García, Maritza Valle Tejada, Cecilia Granadino, Cronwell Jara, César Vega Herrera, Jorge Eslava, Jorge Díaz Herrera, entre otros, que a decir verdad no son muchos.
En poesía, Mario Florián, es sin duda el poeta mayor; quien acerca el arte lírico con suma maestría a los niños peruanos.
Últimamente han surgido novedades importantes en la literatura infantil peruana: la incursión de reconocidos literatos, como Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryece Echenique y de Eduardo González Viaña. También destaca la aparición del marketing editorial que ha descubierto en este género reciente un mercado prometedor.
En nuestros días la literatura infantil y juvenil se encuentra arraigada dentro de los países occidentales, donde el consumo está en ascenso y la producción literaria va a la par con esta demanda.
[1] Umberto Eco, La Jornada semanal 9/01/2000. Citado por Carlota Flores Scaramutti, en El arte de tejer ficciones o la creación de cuentos para niños.
[2] De Mause, Ll.: (1994) Historia de la Infancia. Alianza Editorial. Madrid
Lo ficcional que discurre en los cuentos orales y se prolonga a los textos escritos permitido, desde entonces, que la presencia de lo maravilloso sea un tema recurrente en la literatura universal.
Por esas épocas, ocurren dos acontecimientos trascendentes para la que hoy se conoce como Literatura Infantil: Daniel Defoe, en Inglaterra publica Robinson Crusoe en 1719 que simboliza en el personaje la soledad de la vida humana en su ingenioso proceso hacia la civilización; Robinson, solitario, recorre todas las etapas de la humanidad, descubre el fuego, procesa su comida, se ingenia para pescar y cazar, construye una choza, etc. Igualmente, Jonathan Swif, publica en 1726 Los viajes de Guliver, en cuyo texto, el protagonista es también un naufrago que arriba a Lliliput, país increíble habitado por hombrecillos diminutos.
Ambos textos son claros ejemplos de lo que todavía hoy, son dos temas que reúne la literatura infantil y juvenil: los relatos de aventuras y el ingreso en mundos imaginados, inexplorados y disímiles.
Sin embargo, la literatura humorística y la fantasía alcanzan la cúspide en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll seudónimo de Charles Dodgson. La autora recurre a los juegos verbales, asociaciones de ideas, visiones convertidas en imágenes, monólogos interiores, etc., para crear ese mundo fascinante de realidad y fantasía que tuvo un eco positivo en la infancia de todos los tiempos.
Y así, la propuesta de un mundo fantástico, maravilloso, popular y festivo de los hermanos Grimm, permitió a James Mathew Barrie producir relatos como Peter Pan, y a Carlos Collodi Pinocho, que se consolidan como las obras más representativas para la infancia de todas las latitudes de nuestro planeta.
A partir de las décadas de los 70, 80 y 90, con autores como Roald Dahl, Gianni Rodari, Michael Ende, René Goscinny, Christine Nöstlinger, Laura Gallego García o Henriette Bichonnier entre otros, comienza en Boom de la literatura infantil. En esta propuesta reciente, se destaca una nueva visión que ofrece al lector infantil, abordar los temas clásicos como las aventuras o el descubrimiento de nuevos mundos, y la superación de los temores, la libertad, las aspiraciones, el mundo de los sueños y los deseos, como mecanismos necesarios para el crecimiento personal.
En el siglo XX, además, aparecen nuevos formatos de la literatura infantil y juvenil, debido al avance en las técnicas del diseño gráfico de los textos literarios, donde la palabra está acompañada de imágenes que refuerzan el relato y aportan nexos de unión a la historia: nace el libro-álbum o álbum ilustrado, género en el que destacan autores como Maurice Sendak, Janosch, Quentin o Fernando Puig Rosado.
En la narrativa peruana, existen numerosos testimonios de cuentistas en los que se plasman coherentemente las funciones que Vladimir Propp indicó como elementos que permiten estructurar la ficción de los cuentos de hadas. Entre los peruanos que han dedicado su narrativa a la literatura infantil: destacan Francisco Izquierdo Ríos, reconocido como el iniciador de los cuentos infantiles peruanos y Carlota Carvallo de Núñez, ambos de la generación del 45, quienes se dedicaron enteramente a producir literatura destinada para niños.
En la actualidad, entre los autores que escriben para niños, sobresalen: Óscar Colchado, con su ya clásica serie de aventuras andinas Cholito; Marcos Yauri Montero, con Aventuras del zorro, Carlota Flores de Naveda, con su extraordinario Muki, el torito; Sócrates Zuzunaga con su Negracha.
También sobresalen Roberto Rosario Vidal, Rosa Cerna Guardia, Magdalena Espinoza García, Maritza Valle Tejada, Cecilia Granadino, Cronwell Jara, César Vega Herrera, Jorge Eslava, Jorge Díaz Herrera, entre otros, que a decir verdad no son muchos.
En poesía, Mario Florián, es sin duda el poeta mayor; quien acerca el arte lírico con suma maestría a los niños peruanos.
Últimamente han surgido novedades importantes en la literatura infantil peruana: la incursión de reconocidos literatos, como Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryece Echenique y de Eduardo González Viaña. También destaca la aparición del marketing editorial que ha descubierto en este género reciente un mercado prometedor.
En nuestros días la literatura infantil y juvenil se encuentra arraigada dentro de los países occidentales, donde el consumo está en ascenso y la producción literaria va a la par con esta demanda.
[1] Umberto Eco, La Jornada semanal 9/01/2000. Citado por Carlota Flores Scaramutti, en El arte de tejer ficciones o la creación de cuentos para niños.
[2] De Mause, Ll.: (1994) Historia de la Infancia. Alianza Editorial. Madrid